ENTREVISTA FICTICIA A IRÉNE JOLIOT-CURIE (1897-1956)
Iréne Joliot-Curie fue una física y química francesa, que obtuvo el premio Nobel de Química en 1935, junto a Frederic Joliot-Curie (su marido), por sus resultados en el campo de la radioactividad artifical. En vísperas del 67º aniversario de su muerte (el 17 de marzo), tenemos el honor de que nos conceda una entrevista en exclusiva.
En primer lugar, muchas gracias por ofrecernos la oportunidad de conocer mejor su vida y su trabajo. Antes de empezar con ello, y estando cerca del aniversario de su muerte en 1956, ¿cómo recuerda ese momento?
La verdad que no tengo muchos recuerdos. Me ingresaron en el Hospital Clínico de París y me diagnosticaron de leucemia. No era de extrañar, teniendo en cuenta que trabajé toda la vida con la radioactivida.
Muchos dirán que eso puede ser muestra de que literalmente dió la vida por la ciencia…
No creo que fuera para tanto. Incluso puede que fuese un milagro que no hubiera muerto mucho antes por tuberculosis. Evidentemente la ciencia marcó mi vida, pero también tenía lo que yo llamo un ocio activo. Los que creen que sacrifiqué mi vida por la ciencia se equivocan.
Empezemos, si le parece, ha repasar esa vida. Muchos la conocen como “la hija de”. ¿Qué supone para usted pertenecer a lo que hoy se conoce como “saga Curie”?
Nunca me he sentido desconcertado por ello. Supongo que es un elogio hacia nuestra familia. De todas formas, prefiero pensar que cada una de nosotras es reconocida por sus propios méritos.
Lo cierto es que la ciencia siempre ocupó un lugar central en su casa. Sus padres hicieron gran hincapié en ello, incluso fue colaboradora de su madre. ¿Cómo vivió la infancia?
Aunque yo tenía sólo 8 años, la muerte de mi padre nos unió mucho. Mi madre lo pasó realmente mal. A pesar de que se centró en sus investigaciones de laboratorio, nunca dejó de involucrarse con mi hermana (Eve) y yo. Las circunstancias familiares y la desconfianza de mi madre hacia las escuelas parisienses de la época hizo que nosotras fueramos criadas, sobre todo, en el hogar, con ayuda de académicos de distintas especialidades. Mi madre, claro está, nos enseñaba física.
En la adolescencia fue cuando empezó a colaborar más estrechamente con su madre en el ámbito científico… ¿verdad?
Efectivamente. A los 14 años terminé la primera etapa de bachillerato un año y medio antes. En 1914, ingresé en la Soborna (Universidad de Paris) a estudiar matemáticas y física (donde yo ya resaltaba cuando era niña), a la vez que me matriculé a un curso de enfermería. Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, trabajé con mi madre en la instalación de máquinas móviles de rayos X en el frente; fue así como me formé como enfermera radióloga.
En el campo de batalla ayudó a cirujanos a localizar las balas de los soldados heridos, incluso aprendió a arreglar las máquinas de rayos por su cuenta. Ello la llevó a regresar a París a para impartir un curso y aprovechó para volver a matricularse en Soborna. A partir de entonces, su carrera profesional fue explendida, sobre todo en el ámbito de la radioactividad. ¿Qué la condujo a ese campo?
Mis primeras investigaciones en el laboratorio del Instituto de la Radio de la Universidad de París se centraron en lso fenómenos atómicos y basé mi tesis en doctoral en el estudio de las partículas alfa.
Esas mismas partículas alfa que años más tarde a punto estuvieron de darles el primer éxito de su carrera…
A mi marido, Frederic (al que había conocido en el laboratorio de mi madre), y a mí nos apasionaba el estudio de las emisiones radiactivas. Conocíamos los trabajos de Rutherford : repetimos sus experimentos y publicamos nuestros hallazgos postulando la existencia de una radiación electromágnetica de alta frecuencia, pero no supimos interpretar los resultados. Es un honor que, al menos, sirviese para que James Chadwick lo desarrollase con más acierto y desubriese el neutrón.
No fue la única ocasión en que estuvieron a las puertas de un descubrimiento de tal magnitud. Carl David Andersen también debe parte de su mérito a su trabajo ¿no es así?
Los trabajos con la cámara de niebla fueron realmente interesantes pero tampoco fuimos capaces de ver positrones en las trayectorías desconcertantes con los experimentos con electroimán. La ciencia es lo que tiene: una debe trabajar al máximo, sin pensar a quién corresponde el mérito de qué…
Finalmente, en 1933, obtubieron el premio Nobel de Química.
No lo consideró como una meta o un logro final. Me refiero que no fue una cosa que Frederic y yo buscáramos. Evidentemente, una desea cierta recompensa… pero, más que el premio en sí, me quedo con el reconocimiento a nuestras investigaciones y a las aplicaciones que ellas trajeron en el futuro. Y con el hecho de que una mujer volviera a ser galardonada, por supuesto.
Esa última cuestión, la defensa de los derechos de la mujeres, fue otra de las pasiones durante su carrera; hasta se puede decir que, al igual que con la ciencia, la heredó en parte de su madre. ¿Está de acuerdo?
Cuando me preguntan sobre este aspecto, siempre cuento la misma anécdota. Cuando conocí a Fréderic, le puse la tarea de estudiar el polonio y otros elementos radiactivos: él lo pasó realmente mal, no solamente por su inexperiencia, sino también porque los hombres no están acostumbrados a que una mujer les enseñe… Las que vivimos esa realidad, sabemos de lo que hablamos. Por eso, nunca tuve problemas para manifestarme públicamente sobre el derecho de voto de las mujeres, por ejemplo. Mi madre también tenía las mismas convicciones, pero quizás no tuvo esa ocasión. Ella intentó entrar en la Acádemie des Sciences y, cuando fue rechazada, no volvió a intentarlo. Yo, sin embargo, no tenía ninguna intención de entrar ahí pero decidí postularme hasta cuatro veces... Me parecía necesario que una mujer pudiera entrar, aunque yo no lo consiguiera.
Esa convicción que muestra y la necesidad de posicionarse, también lo llevo al terreno político…
Mi abuelo tuvo que ver mucho en eso. Además, viví dos Guerras Mundiales desde muy cerca. Durante el gobierno de Hitler, por ejemplo, Fréderic y yo no dudamos en esconder nuestras investigaciones sobre la fisión para evitar que cayera en manos de los alemanes… Tampoco oculté mis ideales políticos: me adherí al Partido Comunista Francés y me nombraron vicepresidenta de la Unión de Mujeres Francesas. Me considero una pacifista y creo además en la labor de los y las científicas en cuestiones políticas. Me gustaría recordar a Paul Langevin en ese sentido: guardo un recuerdo de nuestra colaboración tanto en el ámbito científico como político y personal.
Antes de despedirnos, madame Joliot-Curie, nos han dicho que es usted una gran aficionada a la poesía. ¿Qué frase elegiría para despedir la entrevista?
Soy una gran enamorada de la obra de Kipling. Estas últimas frases de uno de sus poemas pueden ser un buen final:
“y
el final de todo, sentado y pensando,
y
soñando con ver los Fuegos del Infierno;
así
que daos por avisados (sé que no lo haréis)
y
de mí aprended sobre mujeres.”
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