La cultura científica y la actitud hacia la ciencia

 

La cultura y la alfabetización científica son conceptos que hemos interiorizado al hablar sobre el conocimiento científico y su divulgación. También acuñamos ideas o términos como la socialización de las ciencias y la era de las ciencias y tecnologías, obviando que la utilización de todos ellos debe implicar una compresión compartida y consensuada de los mismos. Es ahí, en el propio enfoque, donde empiezan a plantearse preguntas acerca de qué entendemos como cultura científica, cuál es su relación con la alfabetización o cómo se entrelazan la ciudadanía y las ciencias.


Sobre todo esto trata el apartado de la tesis de Lázaro (2009), situando los antecedentes del debate, explicando las concepciones entorno a los citados términos y mostrando la evolución de lo que llamamos Cultura Científica.


Empieza el recorrido desde el siglo XIX, donde la ciencia se correlacionaba con el orden social y la legitimación de las instituciones, para continuar indagando la concepción de la comprensión pública de la ciencia en los contextos históricos belicistas del siglo pasado. Esa visión positivista de la ciencia fue evolucionando, hasta que en las últimas décadas del siglo XX se empezaran a sistematizar los estudios para medir el nivel del conocimiento científico en la población general: es entonces cuando la alfabetización científica adquiere relevancia, dando lugar también a problemas a la hora de consensuar su significado. Los cuestionarios y encuestas que se crearon sirven de ejemplo para enfocar los límites de tener una visión unidireccional en la relación ciencia-ciudadanía, a la vez que enseñan el potencial valor (y riesgo) de usar indicadores estandarizados para el desarrollo de nuestro mundo. En ese recorrido, el texto recoge los diferentes planteamientos del mismo problema: la conflictiva y compleja relación entre el conocimiento científico y su comprensión por parte de la población. Más allá de buscar respuestas contundentes, Lázaro plantea todo un contexto para ampliar y acotar el debate.


A raíz de todo esto, es pertinente discutir sobre el incremento de la cultura científica (entendida como alfabetización) como causa directa para que aumente la actitud positiva de la gente hacia la ciencia. Creo yo que la relación entre ambas puede estar bastante claro, aunque afirmar una unión causa-efecto puede resultar, cuando menos, simplista. Es evidente que tener más conocimientos dota de más herramientas a las personas para desarrollar criticidad; sin embargo, esto no quiere decir que el resultado deba ser únicamente favorable. Es más, creo que un efecto positivo de incrementar la alfabetización científica (sin entrar a matizar el propio concepto) es que los ciudadanos podamos gozar de un contexto mejor para opinar y discutir sobre aquellos temas que no controlamos del todo. Al fin y al cabo, la cuestión no se trata de saber de todo, sino de adquirir ciertas herramientas del conocimiento científico para que podamos cuestionarlo e incluso criticarlo. Y esto no estaría en contraposición con respetar la opinión de los expertos en la materia; al contrario, daría más valor al trabajo científico y ayudaría a que la separación dicotómica entre la élite científica y la gente corriente dejara de tener sentido. Además, deberíamos preguntarnos qué es exactamente tener una actitud positiva ante la ciencia: plantear dudas, cuestionar resultados y criticar ciertos logros científicos es perfectamente compatible con una actitud que podamos definir como positiva.


Si planteamos el debate en el otro sentido, nos encontramos ante el mismo dilema: si tener una actitud negativa frente a la ciencia puede ser causa o efecto de falta de cultura científica entendida como ignorancia. Al hilo de lo anterior, deberíamos matizar a qué nos referimos al hablar de actitud negativa ya que, desde el desconocimiento al rechazo absoluto, hay un abanico tanto de posibilidades como de posiciones. Pero dejando ésto de lado, y centrándonos en la equiparación planteada, igualmente nos damos cuenta de que la relación no se debería limitar a lo que en un principio nos sugiere. Dicho de otro modo, la falta de cultura científica o la ignorancia del conocimiento científico bien podría ser un punto de partida válido para acercarse a éste último: lo que consideramos problema, puede ser una posible solución para cambiar la actitud negativa de las personas ajenas al interés científico. Todo esto, si en el origen de esa actitud negativa no se esconde una reticencia (también lícita hasta cierto punto, por qué no) hacia la ciencia entendida como institución o poder.


En conclusión, está claro que ninguna de las equiparaciones entre cultura científica y la actitud hacia las ciencias deben ser contundentes en su planteamiento. Tal y como nos mostraba el apartado analizado de la tesis de Lázaro, la clave está en enfocar el debate en el significado que adquiere los conceptos tratados según el contexto utilizado y en admitir la complejidad de los posibles planteamientos. Impulsar la cultura científica es fundamental para que que se genere un debate sano y fructífero acerca del avance científico y tecnológico, sin que esto se limite a un intento de cambio de actitud de la población en su heterogenea relación con la ciencia.

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