Los lazos entre la tradición helena y la árabe: un intento de aproximación
Uno no puede – ni debe- sentirse más inseguro a la hora de intentar comprender las relaciones entre las diferentes tradiciones que vivieron en la antiguedad. Esa tarea resulta aún más complicada cuando el estudio implica conocer civilizaciones y culturas no tan populares.
La historia de las civilizaciones está repleta de relaciones e intercambios culturales entre los pueblos, en las cuales el conocimiento científico también buscó y generó vías de transmisión. Sin embargo, en comparativa, se ha estudiado relativamente poco en cuanto a la relación del mundo helenístico y el islámico. En este breve ensayo trataremos de encontrar dichos lazos, usando como principal fuente las obras de los autores George A. Saliba (2001) y De Lacy O´Leary (1949).
Antes de nada, conviene contextualizar los adjetivos: hablar de la ciencia islámica supone hablar de la época previa al auge del califato, en la cual el territorio árabe se dividía en dos grandes imperios. Por un lado, en el este, el imperio sasánida se extendía desde el valle de Mesopotamia a la estepa de la Asia Central. Por otro, al oeste, el imperio bizantino ocupaba las orillas del mar mediterráneo. El conocimiento que emanaron ambos imperios, sin menospreciar a las tribus locales, dejó como herencia gran parte del conocimiento científico que se generaría en los siglos posteriores, ya bajo la influencia del Islam. La posición geográfica privilegiada y las rutas marítimas constituyeron una fuente constante de trasbase cultural y científica.
Lamentablemente, el estudio de esa herencia tiene importantes carencias ya que, además de las complejas interrelaciones existentes, lo que se conoce de la ciencia sasánida es gracias a los escritos arábes del siglo VIII y se sabe aún menos de la antigua ciencia persa. En cuanto a éste último, deberíamos mencionar el Avesta, una colección de manuscritos de la religión zoroástrica. En el caso de una disciplina tan antigua y conocida como la astronomía, la influencia sasánida en la ciencia astronómica del Islam parece clara pero solamente se puede leer en fuentes arábes posteriores. El Zij-i Shahriyari o El Rey de las Tablas, por ejemplo, sería probablemente la obra astronómica persa más relevante pero ésta se basaba en la tradicion de los indios, por lo que no nos serviría para justificar influencias helénicas.
En la labor que nos ocupa, una forma más sencilla de encontrar lazos griegos en el imperio sasánida podría ser la conocida Escuela de Nisibis, situada en la actual Turquía. Fundamentalmente esnseñaba teología, filosofía y medicina, y fue fundada en el año 350 por Jacobo de Nísibis, un religioso sirio. Para ello se basó en el modelo de Diodoro de Tarso, de Antioquía, en la región mediterránea de la actual Turquía. Si nos fijamos en sus estudiantes, Nestorio (386-451) fue uno de los más influyentes, cuya repercusión en la obra cultural e intelectual sasánida es bien conocida.
Yendo a ejemplos más concretos, el estudio de la ciencia siria resulta menos compleja. Podemos mencionar como predecesor al filósofo Bardaisan o Bardesano (154-222). Este escritor que usaba tanto el griego y el sirio en sus escrituras, dejo para posteridad una obra titulada Libro de las leyes de los países. En su libro, el autor utilizaba el diálogo al estilo de Socrátes para hablar de la unión entre el ser humano y la naturaleza, restando importancia al destino reflejado en las estrellas y los planetas como fuerza impulsiva de los seres vivos. A fin de cuentas, Bardaisan intentaba refutar la idea helenística de la astrología, para la cual el comportamiento humano seguía a la fuerza estelar. Sus escritos son muestra de la expansión helena en los territorios arábes, reforzada con doctrinas cristianas que obligaban a los humanos a cambiar sus comportamientos: el humano era el que pondía leyes y prácticas. Bardaisan, además, tenía acceso al pensamiento indo-persa, por lo que refuerza la idea de que, durante esa época, la ciencia siria sirvió de puente entre el “Occidente” y “Oriente”.
Podríamos seguir indagando en busca de detalles que demuestran la influencia del helenismo en el mundo árabe y, por consiguiente, en el islámico. Nos encontraríamos con un sinfín de referencias bibliográficas de obras y autores que durante los siglos posteriores, sobre todo en el Bagdad del siglo XIV, recogen el conocimiento científico previo. Lamentablemente, dicha búsqueda resulta menos cuantitativa que otras cuyo fin es entrelazar otras civilizaciones más conocidas. De todas formas, no está mal hacer una primera aproximación para romper con la idea de que el flujo del conocimiento siguió un único camino y sentido, conociendo la ciencia también en su vertiente oriental.
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