Un cuento sobre los modelos
El cuento de Jorge Luis Borges titulado “Del rigor de la ciencia” cuenta cómo un imperio antiguo llegó a construir un mapa de las mismas dimensiones que el propio territorio. Tal resultado cercano a la perfección perdió su sentido para las generaciones venideras y la obra de arte cartográfica terminó despedazado y abandonado. Intentemos despiezar, pues, esta historia tan hermosa como elocuente para hablar de modelos científicos.
Podemos definir los modelos como representaciones idealizadas del mundo, instrumentos para comprender los hechos o vehículos para explicar los fenómenos de la naturaleza, aunque tampoco deberíamos reducir su significado a unas cuantas definiciones concretas. Lo que sí es cierto es que, en un contexto dado, un modelo proporciona una mejor comprensión de un fenómeno (Diéguez, 2013): un mapa cartográfico sería el ejemplo más visual. Los modelos físicos de ese tipo sirven para resolver un problema tan sencillo como la imposibilidad de representar a escala real la realidad - valga la redundancia - . Es por ello que el cuento del Imperio muestra lo absurdo que resultaría llegar a reflejar una superficie a su tamaño: entre la copia y el original, sin diferencia alguna entre ellas, es obvio con cuál nos quedaríamos.
Pero, acaso, el ansia de perfección de aquellos Colegios de Cartógrafos tenía otro gran problema precisamente en esa ambición de intentar representar al detalle el Imperio: la explicación y comprensión de los fenómenos de la naturaleza nunca podría ser representada a la perfección, ya que ello implicaría que los científicos (seres humanos) fuesen capaces de llegar a ese nivel de conocimiento perfecto de la naturaleza. Sin embargo, la búsqueda de la verdad no conlleva a encontrarla, menos aún si admitimos – como decía Kuhn (1962)- que no hay meta alguna para ese proceso, sino que es a partir de la misma verdad cuando la ciencia cobra su mayor sentido. De hecho, la utilidad de los modelos dejaría de tener sentido en el momento en que dejarán de ser una representación, una ficción útil (Cassani, 2016).
Por lo tanto, es lógico pensar que esa utilidad de los modelos consiste, en parte, en la capacidad que tienen de distorsionar la naturaleza de un fenómeno para lograr construir un relato que sirva de contexto para generar más y mejor conocimiento sobre los hechos. Y el caso del mapa sería estrapolable a otros tipos de modelos “no materiales”, por ejemplo, los modelos en Biología, tal y como explica Antonio Diéguez en su texto sobre la disciplina. Entre la multitud de ejemplos, fijémonos brevemente cómo el modelo de unión entre las encimas y el sustrato, conocido como “el modelo de la llave y la cerradura” alcanzó su éxito por ser tan simple como ilustrativo para explicar la especificidad de la actividad enzimática. Aunque el modelo de Fischer no es la mejor representación del fenómeno real (en concreto, frente al modelo inducido de Koshland), puede continuar cumpliendo su función explicativa y comprensora siempre y cuando se tenga en cuenta, precisamente, su imperfección.
Al fin y al cabo, para que no se conviertan en “reliquias” abandonadas y “despedazadas” en el desierto, los modelos tienen su fuerza – y su debilidad, seguramente- en su utilidad representativa. Otra cuestión para debate sería el riesgo que supondría que la comprensión del fenómeno estudiado, sujeto a la subjetividad humana, pudiera convertirse en objetivo en lugar de herramienta de mediación. Pero eso ya sería otro cuento.
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