La mente y los paracaídas
Una imagen fotografiada en Lima, Perú, muestra a un hombre que camina por la acera hablando por teléfono. Tras su silueta, una fachada vieja, sucia, tiene sus puertas y ventanas tapiadas. En la pared de color gris, se leen tres líneas en mayúsculas, escritas a mano con spray negro: la mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre. Bajo la frase, entre paréntesis, su autor: A. Einstein. No podía ser otro.
La ingeniosa frase casa perfectamente con la imagen del genio alemán que se ha popularizado hasta nuestros tiempos. Junto a su obra científica, con la teoría de la relatividad como estrella, la figura de Albert Einstein está unida a la genialidad y la originalidad. De hecho, sus teorías ocupan todavía titulares como cuando, por ejemplo, se confirmó la existencia de ondas grabitacionales en el espacio. El éxito del reconocido físico trasciende el ámbito científico, hasta el punto de que sus célebres frases ocupan paredes y su cara se ve impresa en camisetas de moda. Sin embargo, poco se habla sobre el fondo de todo ello.
Y es que las palabras de Albert Einstein, como en este caso, tienen un trasfondo que merece ser analizado. Si por algo se caracterizó el físico, además de la reconocida aportación científíca (y otras aportaciones menos reconocidas; caso de la bomba atómica), fue su apuesta por la creatividad, según él indispensable para “construir un modelo de mundo real, de arreglo a las leyes que lo rigen”. Para Einstein, la certeza del conocimiento era imposible y aunque creía en la física para comprender el mundo, matizaba que nunca se llegaría al conocimiento definitivo. Ello implicaba, de entrada, tener que de-construir algunos de los esquemas rígidos que predominaban en la ciencia, más aún en disciplinas como las matemáticas y la física.
Si eso fuera poco, la metáfora del paracaídas, también sirve para comprender la ideología de Einstein. Proclamaba su fe en la racionalidad del universo, careciendo de sentido la pugna entre ciencia y religión. Políticamente, se atrevía a criticar el mercado de trabajo por ser excesivamente libre, a la vez que rehusaba el régimen soviético, abogando por la regularización. Su tendencia a no adoptar posiciones tajantes o hegemónicas le llevó también a defender el sionismo pero considerando que era su tarea tener unas “relaciones sanas con los árabes”. De ideal pacifista y profundamente anti-militarista, abogó por un gobierno mundial como garante de la paz.
En todas esas facetas, se puede decir todo menos que Albert Einstein fuera una persona con ideas tradicionales. Abrir la mente significaba cuestionar las posiciones más populares y coherentes, en favor de una reflexión más humilde y, a caso, demasiada optimista. En la explicación que el propio científico daba acerca de la teoría sobre la relatividad (la especial y la general), en su introducción, se esforzó para contextualizar la propuesta dentro de los tipos de teorías que él identificaba. Además, la comparación con otras teorías y trabajos mostraban la tendencia que siempre mantuvo para tener una visión abierta.
Quedaría por analizar, el funcionamiento de esa mente tan abierta y tan original de puertas a dentro. En su vida privada, con sus esposas e hijos, no sabemos si realmente se mantuvo fiel a su talante. Y es que se sabe que los paracaídas no funcionan de igual manera dentro que fuera de casa.
Comentarios
Publicar un comentario