La responsabilidad ética de la ciencia
La historia nos ofrece multitud de ejemplos donde las investigaciones científicas, con fines supuéstamente honestos, acaban por tener resultados nefastos. La vieja pregunta de si el fin justifica los medios, en el ámbito científico, además de ser totalmente pertinente, adquiere una connotación especial. Los objetivos, la población estudiada, la metodología utilizada, las hipótesis planteadas, la financiación, los investigadores, los materiales, el análisis de los datos, los resultados en sí… el proceso en su conjunto y en cada uno de sus pasos, tiene riesgo de ser cuestionado. Puede que el conocimiento científico sirva de motivo para que parte de una población sea marginada o que el resultado de unas investigaciones acarree consecuencias dañinas y dolorosas para la sociedad; el beneficio de la ciencia para la humanidad no siempre – ¿nunca?- es completa e incluso directamente puede ser perjudicial. En esos casos, ¿hasta donde llega la responsabilidad ética de los científicos que participan en la generación del conocimiento científico que se aplica de una manera incorrecta? ¿Cuál es el grado de implicación de la comunidad científica en las consecuencias negativas de su laureado trabajo? La colonización o los conflictos bélicos son un estupendo espejo donde mirar las grietas que plantean tales preguntas.
La relación entre la ciencia y los acontecimientos socio-políticos de una época no es una cosa nueva: ya durante la Revolución Francesa se manifestó en diferentes planos, tanto en la participación de las élites científicas como en la instrumentalización de las ciencias para fines políticos. De todas formas, a partir del siglo XIX, las nuevas sociedades europeas tuvieron tal desarrollo que algunas de ellas llegaron a dominar gran parte del planeta. El denominado “reparto de África” es uno de los ejemplos más gráficos; ése y otras formas de colonización más o menos sutiles no hubieran sido posibles sin las capacidades tecnológico-científicas avanzadas. Es más, ese imperialismo europeo se fundamentaba, en parte, sobre la excusa del progreso: modernizar las sociedades menos desarrolladas servía como justificación para la expansión y explotación de nuevos territorios. En ello, no sería aventurado afirmar que la comunidad científica ayudó aportando tecnologías y conocimientos, a la vez que se aprovechó de otras culturas – en forma de mano de obra barata, extracción materias primas, traspaso de saberes, etcétera- para que la ciencia moderna europea se desarrollara aún más. Por tanto, además del reconocimiento político de la actitud supremacista europea sobre países orientales, africanas y latinoamericanas, deberíamos preguntarnos si la ciencia también tiene una deuda pendiente: admitir la aportación de otras civilizaciones en el progreso de las ciencias en Europa y asumir la responsabilidad ética de los daños causados por el trabajo -directo o indirecto- de los científicos colonos, podría ser un paso para ello.
Ese imperialismo del siglo XIX derivó en la formación de unas sociedades que, ya en el siglo pasado, acabaron por enfrentarse primero en la Gran Guerra y después en la Segunda Guerra Mundial. Aunque las causas del conflicto son complejas, la implicación de la comunidad científica resultó crucial en el devenir de ciertos acontecimientos. Antes de que oficialmente empezará la guerra del 1914, la división en el ámbito científico generó movimientos y declaraciones clarificantes en su contenido y forma. Como ejemplo, el manifiesto To The Civiliced World muestra el uso de la “Verdad” por parte de aquellos a los que se les otorga la virtud de buscarla, los científicos: la proclamación y repetición de dicha palabra en el discurso (además de que esplicitamente se presentaran como herederos de Goethe y Kant) es un signo de la posición privilegiada de la ciencia en la sociedad, cuyas decisiones – o no decisiones- repercuten en el ámbito social y político. Y todo privilegio lleva consigo una responsabilidad.
Está claro, por ende, que las ciencias han tenido siempre un gran capital político, social, industrial y financiero; la historia entre la firma alemana IG Farben y la norteamericana Standard Oil es uno de los casos más notorios. Probablemente, sería injusto agrupar en un mismo saco a los científicos que trabajaron bajo las órdenes de las gigantes industrias que tuvieron tanto que ver en la Guerra Mundial. En casos como ese, la responsabilidad ética recaería, pienso yo, no tanto en el aspecto científico de las personas involucradas, sino en el cargo que ocupasen en la jerarquía. Es decir, cuando el científico no es más que un trabajador que busca su supervivencia y/o se limita a hacer la labor científica bajo unas órdenes, la vara de medir debería ser la misma que para cualquier otro trabajador. Lo mismo ocurriría con la utilización de materias primas ajenas, aprovechando un desarrollo superior, para la producción científica-tecnológica propia: la responsabilidad es conjunta, de la comunidad o del país que se aprovecha de los recursos de poblaciones o extractos de la sociedad que están en condiciones de inferioridad.
Pero colectivizar los daños – y, por tanto, la necesidad de reparación- no es suficiente en algunos casos. Más aún cuando los científicos participan de manera tan directa y necesaria en las consecuencias derivadas de su conocimiento. En este sentido, podemos mencionar el desarrollo de fórmulas químicas con fines bélicos, como fueron los gases tóxicos: Fritz Jacob Haber (conocido por el método Haber-Bosch para la obtención del nitrógeno) se implicó hasta el punto de ser capitán del ejercito alemán para supervisar las operaciones, por lo que todo su logro científico necesitaría de ser matizado por la aplicación nefasta que tuvieron sus resultados. Reconocer su aportación a la Química obviando ese hecho histórico sería una forma de limpiar su responsabilidad. La pareja formada por Lisa Meitner y Otto Hahn también es muy ilustrativa al respecto: conjuntamente, trabajaron en la reacción en cadena del uranio que desembocó en el descubrimiento de la bomba atómica por el otro bando (a raíz de su carta a las autoridades norteamericanas de Albert Einstein; por cierto, un ejemplo de cómo una advertencia fundada y “pacífica” puede traer consecuencias totalmente contrarias) pero las decisiones adoptadas después les otorgó un diferente grado de responsabilidad desde el punto de vista ético. Mientras que Meitner rehusó de los fines nazis, Hahn optó por seguir colaborando: al fin y al cabo, las decisiones personales también incumben a los científicos. Por último, el intento de Heisenberg de convencer a Bohr para la fabricación de la bomba atómica bajo el régimen nazi y la respuesta de éste último muestran que la ciencia no es ajena al juicio ético, y es que “la ciencia está hecha para el bien de la humanidad”.
En definitiva, el compromiso hacia la ciencia supera el ámbito del conocimiento y la función de los científicos en las atrocidades cometidas durante las guerras también dependió de las decisiones que adoptó cada uno de ellos. La ciencia ha contribuido a generar riqueza, poder, progreso; y el resultado no siempre ha sido satisfactorio para todos las partes. Esa responsabilidad ética de la ciencia, tanto en el plano colectivo como en el individual, no puede ni debe quedar en el olvido. Más allá de hacer juicios póstumos, se trata de comprender la ciencia con la amplitud que debe definirla: una actividad humana para la búsqueda del conocimiento del mundo, pero en una coyuntura social y temporal concreta; sin las cuáles ni el trabajo de las personas científicas ni los resultados obtenidos se pueden comprender. Y si no, que se lo pregunten a Einstein,
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