CULTURA Y EVOLUCIÓN: DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

 

El código genético universal es la base de las características de todos y cada uno de los seres vivos de este planeta, incluido el ser humano. La transmisión hereditaria de los genes determina que dichas características se transmitan de generación en generación, pudiendo albergar errores o mutaciones en dicho proceso y constituyendo así la fuente de las variaciones genéticas de los individuos, gracias a la denominada selección natural. Sin embargo, la adquisición de los caracteres por los individuos de una especia va más allá de esa transmisión física, es decir, ello no es suficiente para explicar toda la variabilidad existente. Es ahí donde entra en juego la interacción entre el medio y los genes, de modo que la herencia genética no puede comprenderse sin el organismo que lo alberga y el entorno donde este último vive. Y en el caso los humanos, el entorno también implica nuestra sociedad y cultura.


Al fin y al cabo, el genotipo (conjunto de factores hereditarios de los cromosomas) no determina por sí sólo el desarrollo de un individuo, sino que ofrece una especie de abanico de posibilidades donde la forma de vivir y su entorno determinarán, a fin de cuentas, cómo se materializará dicha información. Aunque los efectos de la influencia del medio en la expresión de los genes no se transmitan – esplícitamente- en la herencia genética, sí afectan al curso de la evolución biológica, en tanto y cuanto el entorno es el que determina que unas mutaciones sean más ventajosas (o limitantes) que otras. Así pues, la dotación genética de una especie está determinada por las condiciones en las que se ha ido desarrollando, en el curso de la historia.


En el caso humano, en el proceso evolutivo, las características adquirieron tal grado de complejidad (sobre todo, a nivel cerebral y del sistema nervioso, siendo la plasticidad neuronal una de las características más “humanas”) que nos dotaron de unas capacidades superiores, entre ellas la autocosnciencia y la comunicación. El desarrollo de éste último dio como resultado el lenguaje articulado y las cualidades cognitivas y motoras nos permitieron usar las herramientas. Ambos, el lenguaje y los instrumentos, son parte de una cultura transmisible que debió de transmitirse de generación a generación, junto a la mismísima herencia genética. Del mismo modo, a medida que aparecieron la organización social o el conocimiento sobre los métodos de recolección y de caza, aquellas formas más exitosas fueron las que perduraron y permitieron que unas poblaciones concretas se reprodujeran y se expandieran en detrimento de otras.


Al fin y al cabo, la cultura es una forma de ser exclusivamente humana que sólo puede entenderse por la capacidad cognitiva que hemos adquirido gracias a la expansión cerebral y su plasticidad neuronal. La aparición del pensamiento simbólico y sus múltiples expresiones se desarrollaron en sociedades cada vez más complejas y diversas, de manera que en esos entornos sociales se multiplicaron las posibilidades de expresión de la dotación genética. En definitiva, la evolución humana también ha consistido en el desarrollo social y cultural que ha seguido – y seguirá- las parecidas reglas de transmisión que la herencia genética.


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