Los efectos de la Luna sobre la Tierra
Sin la Luna, la vida en el planeta Tierra sería completamente diferente a la que conocemos. Además de iluminarnos las noches, todos hemos oído hablar de los efectos de las fases lunares en los comportamientos de los seres vivos. Es más, a lo largo de la humanidad, la Luna ha sido fundamental en las distintas civilizaciones y no pocas veces ha sido motivo para el desarrollo científico y tecnológico, pero también cultural, del ser humano. No obstante, los efectos de la Luna van mucho más allá y condicionan las características actuales de la Tierra.
Seguramente, los efectos marítimos son los más conocidos por la gente. La gravedad que ejercen tanto la Luna como el Sol sobre la Tierra hace que existan las mareas, si bien la influencia de la segunda es casi la mitad de fuerte que la de la primera. La explicación al fenómeno es más complejo de lo que creemos ya que, en realidad, no es que la Luna gire alrededor de nuestro planeta sino que ambos giran entorno al mismo centro de masas. Además, al ser un astro más grande, la intensidad de la gravedad no es la misma en todos los puntos: cuanto más alejado de la Luna, - ligeramente- menor es la fuerza. Así pues, mientras la Tierra gira en torno mencionado centro de gravedad, tiende a sufrir una deformación en forma de elipsoide que se materializa en su componente líquido, el agua, haciendo que el océano suba y baje dos veces al día. Este efecto se conoce como el gradiente gravitatorio sobre la Tierra.
Otro efecto aun más sensible para las condiciones terrestres es la relacionada con la estabilidad de la rotación del planeta. Actualmente, el eje axial de la Tierra tiene una inclinación de 23,4º respecto a la órbita solar pero, durante ese movimiento, la Tierra sufre un ligero bamboleo. Para comprenderlo basta con mirar lo que le ocurre a una peonza: su punta describe un círculo mientras el juguete gira rápidamente. En nuestro caso, ese tambaleo es, por un lado, mucho más lento - tarda alrededor de 26.000 años en completar el círculo- y, por otro, mucho más suave – el eje se mueve en solo 2,4 grados-. Y es ahí donde la Luna influye porque sin su presencia los movimientos serían más caóticos. En consecuencia, llegaría un momento en el que el eje terrestre estuviera recto y las estaciones del año que conocemos dejarían de tener sentido. Del mismo modo, cuando el eje estuviera inclinado al completo, los polos serían los puntos más calientes del planeta y el ecuador, en cambio, el más frío.
Al hilo de ello, sin ir a ese extremo, lo cierto es que la Luna es vital para el clima terrestre. Las variaciones orbitales o los ciclos de Milankovic intentan explicar las consecuencias climáticas, a lo largo de miles de años, que los cambios en los movimientos de la Tierra provocan. Al fin y al cabo, se trata de constatar que la rotación y la translación terrestre, así como su oblicuidad, cambian ligeramente debido a las fuerzas que ejercen otros astros sobre nuestro planeta: se necesitan largos periodos de tiempo para notar esos cambios pero son cruciales para las condiciones terrestres. Y es que esos cambios en los movimientos hacen que, por ejemplo, se altere la forma en la que la radiación solar llega a la superficie de la Tierra. Respecto a la relación que ello tiene con la Luna, ya hemos mencionado que el eje de inclinación varía a lo largo del tiempo: es lo que se conoce, dentro de las variaciones orbitales, como la variación del ángulo de inclinación axial respecto al plano orbital (la oblicuidad de la eclíptica). Aproximádamente cada 41.000 años – lo que sería un ciclo- , el plano varía entre los 22,1º y 24,5º; actualmente la inclinación es de 23,4º y está en fase decreciente.
Respecto a un segundo ciclo que tendría un impacto en el clima terrestre (no olvidemos que los ciclos de Milancovic son una hipótesis o, cuando menos, una teoría en constante revisión), también hemos mencionado que la dirección del eje de rotación de la Tierra cambia levemente, es decir, que el planeta se “tambalea”. Ese ciclo dura alrededor de 26.000 años, que es el tiempo que tarda en completar un círculo tomando como referencia a las estrellas fijas: la causa de este movimiento son las fuerzas grabitacionales explicadas para las mareas y el movimiento toma el nombre de la precesión axial (o precesión de los equinocios). Como consecuencia, en algún momento del ciclo, la inclinación del polo norte cambiará y se inclinará hacia el Sol en el perihelio (cuando la Tierra está mas cerca del Sol).
Por lo tanto, queda clara la complejidad de los movimientos terrestres y los efectos lunares sobre ellos. Las fuerzas de las mareas, provocados por la Luna y el Sol, hacen que las condiciones del planeta Tierra también puedan ser variables. Más allá de la comprensión de esos mecanismos, dichas variaciones pueden ser motivo de discusión para, por ejemplo, aquellos que quieran explicar el fenómeno del cambio climático como algo cíclico y relacionado con las fuerzas del Universo. Precisamente por eso, es nuestro deber conocer las nociones básicas que hemos tratado – en parte y de manera sencilla- en este artículo. Conformemonos con ello y no pidamos la Luna.
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