La circulación del conocimiento: una realidad compleja en un mundo complejo

Discutir sobre los orígenes y los flujos del conocimiento científico moderno no es un debate meramente geográfico. A su vez, superar el marco eurocéntrico de la construcción del conocimiento supone mucho más que ampliar la mirada y admitir el rol de las civilizaciones no occidentales en dicho proceso: se trata de analizar la cuestión teniendo en cuenta las condiciones geopolíticas e históricas que participan en la creación, transmisión, comprensión y mantenimiento del conocimiento científico. En ese sentido, se ha hablado de la circulación y la globalización del saber, sobre todo a partir del siglo XVI y motivado por los viajes expedicionales que cambiaron la noción del mundo.


Anteriormente, ya hemos mencionado lo que supuso el proceso de comprensión del Nuevo Mundo y las limitaciones de la concepción de una ciencia moderna occidental generada en Europa y difundida por el mundo. No obstante, la circulación del saber no se dio de manera libre e independiente, no se trató de un flujo natural e igualitaria, y tampoco afectó de forma simétrica a todos los actores que participaron en ella. Es más, las prácticas científicas compartieron sujetos, métodos y objetivos con otras prácticas, ya fueran religiosas, culturales, económicas o políticas. Por ello, no es suficiente con dirigir el foco a conexiones, por ejemplo, entre América y Oriente (hecho también importante, obviamente), sino de intentar desgranar todo el entramado de relaciones que condicionaron los procesos de transmisión de la ciencia.


Es por ello que la denominada globalización o mundialización del siglo XVI no supuso que todos los agentes adquirieran los conocimientos de forma homogénea, como si dicho proceso fuera enriquecedor e imparcial. Es por ello que el concepto de circulación no debería referirse solamente al movimiento geográfico de la actividad científica: su significado queda corto si se limita a describir el traspaso del saber en un sentido extrictamente físico. Concretamente, el poder colonial y el discurso de la ciencia moderna desempeñaron un papel fundamental en el olvido o menosprecio de la complejidad y las asimetrías presentes en esa circulación que para nada fue abierta, reticular u horizontal (Pardo, 2017).


Además, no se trata de una consideración teórica, sino existen innumerables ejemplos para ilustrar la necesidad de ampliar el concepto de la circulación o, al menos, subrayar algunos de los aspectos epistemológicos. Como muestra, en las interacciones entre los conquistadores y los nativos latinoamericanos, las motivaciones que participaron fueron diversas: los objetivos religiosos e imperialistas se cruzaban con las prácticas medicinales, donde la sanación y la conversión espiritual iban de la mano. Algo parecido ocurría con la historia natural y las colecciones o catálogos de los seres vivos descubiertos en tierras americanas, cuyos métodos y fines respondían a intereses científicos y políticos a partes desiguales.


Por consiguiente, las relaciones comerciales, culturales o geopolíticas, entre otras muchas, fueron las que marcaron las reglas por las que se construyó el conocimiento científico del denominado Nuevo Mundo. Eso tampoco quiere decir que la práctica científica no tenía sus propios criterios y objetivos, pero la comprensión de las mismas no podría ser completa sin tener en cuenta las mencionadas conexiones. En definitiva, el conocimiento del siglo XVI circuló de forma asimétrica y dinámica entre continentes, territorios y civilizaciones, pero también entre estamentos, disciplinas y prácticas del contexto.

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