Un futuro para debatir el presente
En los mediados del siglo XXI, Paula trabaja diseñando proyectos pedagógicos con la realidad virtual. Vive en una sociedad donde la realidad aumentada y la expandida han cambiado la forma de relacionarse personalmente pero también en el ámbito laboral o comercial. Todo el mundo viste las gafas OFtal que permiten interaccionar con objetos físicos y virtuales, así como traducir idiomas simultáneamente o acceder instantáneamente al mundo virtual llamado Delphi. Además, existen neoprenos hápticos para que la experiencia sea más completa y poder sentirla. Precisamente, Paula es socia de una empresa que alcanzó el éxito con un módulo para simular el embarazo en todo su proceso, sin necesidad de tener un hijo/a de carne y hueso. En cambio, ahora está trabajando en otro módulo más pedagógico: se trata de enseñar la vida y la obra de Mary Wollstonecraft (1759-1797), escritora y pensadora inglesa de la época de la Revolución Francesa, considerada una de las pioneras del pensamiento feminista (autora de la Vindicación de los derechos de la mujer); y madre de Mary Shelley, conocida por su novela Frankenstein (1818). Si el proyecto funciona, los estudiantes podrán ponerse sus OFtales y ver la historia de aquella mujer con sus propios ojos, escuchando las explicaciones por boca de la mismísima Mary mientras caminan por las calles parisinas de la I República.
Para ello, Paula viaja a París, lugar clave en la vida de la pensadora, ciudad que en poco se parece a la actual capital francesa: los refugiados climáticos – así se les llama a las personas que han tenido que migrar por los desastres ecológicos, sobre todo, desde Asia- acampan en los parques y el turismo físico apenas existe (ya no se puede viajar en avión en distancias de menos de 1500 km). Allí, Paula conocerá a Max Dox, una joven experta en la biografía de Wollstonecraft y activista política que cuestiona el uso de los avances tecnológicos. En ese contexto, se abren los debates sobre la expansión incontrolada de la Inteligencia Artifical o los efectos de la democratización de la tecnología; fuente de ocio y placer para algunos, camino hacia objetivos más utópicos, para otros. Es el mundo de la realidad confusa: lo real, lo verdadero, casi no puede distinguirse de lo virtual. Pero, a caso, ¿eso importa de verdad?
Esa es la historia que cuenta el último de libro de Katixa Agirre (Vitoria-Gasteiz, 1981), De nuevo Centauro (Berriz Zentauro en su título original en euskera), publicado en 2022. En palabras de la escritora, el libro presenta un escenario futurible y, por tanto, pertenece al género de la ficción especulativa. Al estilo de autoras como Margaret Atwood, se nos presentan unos hechos que bien pueden ocurrir en el futuro de la humanidad, un futuro que nada entre las aguas de la utopía y la distopía, ya que el escenario reflejado tampoco puede considerarse como completamente indeseable o negativo. Es más, en una de sus entrevistas, la autora hace hincapié en que la mayoría de las aplicaciones y tecnologías que aparecen el libro ya existen en la actualidad, aunque quizás no se hayan utilizado para los fines que ese futuro mundo muestra. Por primera vez, Agirre se sumerge en la ficción especulativa en su quinta obra literaria, a pesar de que anteriormente tuvo contacto con el género gracias a su participación, en formato de relato corto, en el proyecto Borradores del Futuro. Además, la pandemia y el confinamiento han sido claves para que la autora reflexionara sobre la realidad virtual – y sus derivadas, la aumentada y la expandida-. De hecho, el contexto actual de incertidumbre, el auge de las tecnologías digitales en nuestras vidas diarias y la irrupción de la inteligencia artificial, junto a la sensación de estar viviendo una crisis social a nivel global y la emergencia climática, hacen que las obras literarias de este tipo puedan tener aun más éxito.
El interés de De nuevo Centauro radica, precisamente, en los debates totalmente actuales que la autora deja entrever en un escenario futurible. La búsqueda del mejoramiento humano – físico, mental, emocional, moral, etcétera – mediante procedimientos biotecnológicos, robóticos y de inteligencia artificial (IA, en adelante) plantea una serie de preguntas y dudas que haríamos bien en solventarlos en la actualidad. Algunas de ellas son puestas sobre la mesa por Antonio Diéguez, en su artículo Transhumanismo. Propuestas y límites. El transhumanismo, así como su vertiente extrema poshumanista, puede llevarnos a fantasear con escenarios distópicos cuando la clave está – o debería estar- en los debates eventuales acerca de la toma de decisiones por parte de algoritmos inteligentes, el impacto de las tecnologías en el mercado productivo y el control sobre los flujos de información personal en las redes, entre otros. Ese transhumanismo cibernético, así como el transhumanismo más biotecnológico en forma de edición del genoma por métodos CRISP/Cas9, puede que construyan sociedades futuras como las planteadas en el libro que nos ocupa, pero los conflictos y las contradicciones generadas son parecidas, entonces y ahora.
A modo de muestra, Paula, la protagonista de la novela, se dirime entre la realida y la ficción, una y otra vez, en lo que ella llama “la era de la realidad confusa”. Distinguir la realidad virtual del mundo físico parece sencillo, pero desde el momento en el que se puede interactuar con objetos físicos y virtuales a la vez, o cuando una persona puede crear diferentes identidades virtuales (avatares) y relacionarse con ellos en un mundo paralelo, la línea de separación puede ser más difusa. O es que ahora, con el uso masivo de las redes sociales, ¿no está pasando algo parecido? ¿Quién se esconde, realmente, detrás de cada nick o usuario de las aplicaciones? Esa distorsión de la realidad y las potenciales identidades múltiples que pueden generarse a partir de un único individuo – o grupo, empresa, ¿por qué no?- se multiplicarán exponencialmente en un futuro, a medida que las interacciones virtuales aumenten y condicionen aún más nuestros modos de vida. Por si eso fuera poco, aunque nos supongamos lejos de la materialización transhumana, merece preguntar si ya no vivimos en una sociedad que se pueda considerar transhumana: sin tener que ponerse unas gafas virtuales, basta con que saquemos el móvil del bolsillo para acceder a un mundo virtual donde los algoritmos marcan nuestras interacciones y generan, a su vez, información que será utilizada continuamente para proporcionarnos mejores ofertas y facilitarnos la vida.
Evidentemente, habría que dar un salto cualitativo para que los eventuales avances tecnológicos provocase el cambio de toda una sociedad. El progreso de la IA puede favorecer ello, indudablemente, tal y como muestra el ejemplo del popular ChatGPT, modelo de lenguaje por IA desarrollado por la empresa OpenAI, que se declara sin ánimo de lucro y que busca el beneficio de la humanidad en su conjunto. Sin entrar en el grado de verosimilitud de tal afirmación y en valorar la intervención de las multinacionales en el acceso de las personas a herramientas ya básicas como el propio Internet, el mencionado bot es capaz de dialogar en casi cualquier idioma, entrenar su funcionamiento para mejorar resultados y redactar textos reflexivos sobre cualquier tema propuesto. Esa capacidad pone en jaque el valor de los trabajos generados por profesionales de distinta índole y amplifica notablemente el viejo problema del plagio: ya no es que un texto se haya copiado gracias a la red, sino que se torna prácticamente imposible resolver si detrás de una redacción se encuentra una persona real o una máquina. Esto plantea todo un debate sobre lo que es verdad y lo que no, al estilo del conflicto entre lo real y lo virtual de la protagonista del libro de Katixa Agirre, cuya solución parece ser, según los expertos, la generación de otros sistemas de IA para valorar la autoría de los textos escritos; lo cual, al final, plantea el mismo problema.
Por consiguiente, el tren del progreso de la IA ya está en marcha y no sabemos cuál será su próxima estación, pero corremos el riesgo de que nos pase por encima, una vez que el cambio de paradigma de la IA haya sucedido y los algoritmos sean capaces de hacer uso del aprendizaje (Bostrom, 2015). Ese parece el escenario parisino del siglo XXI de De nuevo Centauro, y resolver primero los problemas de seguridad y de control de la IA o esperar al desarrollo de una IA construida en base a los valores humanos no es una prioridad todavía. Tampoco apelar a la naturaleza humana y los límites morales parece una buena estrategia para enfrentarnos a los dilemas del transhumanismo; fuera de esa noción esencialista, que choca incluso con el enfoque predominante en el biología evolucionista, urge la necesidad de una crítica más política que ética (Diéguez, 2018). Además, como ya vaticinaban líneas anteriores, resulta inevitable proyectar el debate al contexto de la posverdad y sus implicaciones: en el marco actual de fakenews, expansión del negacionismo, cuestionamiento de la ciencia, normalización de ideas conspiranóicas y etcétera, se nota una indiferencia general hacia la verdad, como si los hechos en sí ya no importaran, rasgo ya significativo de la sociedad contemporánea.
Todo ello, en un contexto global insostenible, al menos en términos de desarrollo y de avance. La crisis climática puede que avive el debate sobre la democratización de las tecnologías de la información y la comunicación, si no es que las acelere o las bloquee, en un momento dado. Frente a esa disyuntiva tecnológica - como bien dice Paula durante su viaje exprés a París- la desconfianza crónica no es buena compañera de viaje, en una sociedad que ya avanza en ese sentido, con o sin nosotros: los mecanismos de control y, sobre todo, el espíritu crítico deben regir el debate acerca del alcance de la IA, la robótica o la biotecnología; más aun cuando los problemas que plantean ya condicionan el mundo en el que vivimos y cuestiona el significado de lo que consideramos verdadero y/o real. Especular con un mundo ficticio para reflexionar sobre temas tan reales es lo que hace de este libro, De nuevo Centauro – u otras del mismo género-, una oportunidad inmejorable para ampliar el marco de debate y centrarnos en conflictos reales.
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