UNA REFLEXIÓN QUE NOS DEJA SIN PALABRAS

 El lenguaje - oral, de signos o escrito- , además de ser un sistema de comunicación, es la herramienta que nos permite articular el pensamiento. De hecho, el ser humano se diferencia del resto de los seres vivos, fundamentalmente y sobre todo, en estas tres características: autoconsciencia, pensamiento simbólico y lenguaje (Mariño, 2018). Partiendo de esta concepción, resulta interesante reflexionar acerca del papel que juegan las palabras en nuestra mente y preguntarnos qué sería de nosotras si no hubiéramos adquirido esa habilidad en el transcurso del proceso evolutivo.


Si hacemos el ejercicio de cerrar los ojos e intentamos no recurrir a las palabras, puede que una sucesión de imágenes recorra nuestros pensamientos. Éstos, sin embargo, solo podrían ser recuerdos aleatorios de experiencias vividas, como si fuesen fragmentos de sueños. Si quisiéramos poner una fecha a dichas imágenes o si intentáramos enfocar en ellas, ya estaríamos haciendo uso del lenguaje desde el momento en que dotamos de significado a nuestros recuerdos o decodificamos lo visualizado (aunque sea una visualización mental) para indagar en su interior. Al fin y al cabo, esas imágenes son una especie de mensaje codificado que nos permite reflexionar; en este caso, el emisor y el receptor somos nosotros mismos, pero el resultado sigue siendo el mismo: reconstruir y analizar las experiencias, así como hacer proyecciones o elaborar emociones que podemos nombrar y reconocer (Cascajosa, 2012).


Además, en ese flujo de pensamientos ajenas a las palabras – suponiendo que el ejercicio en sí fuera realmente posible- solo tendrían cabida aquellas sensaciones que son anteriores al uso articulado de las palabras. Al igual que las mencionadas imágenes son una proyección de la capacidad visual, serían otras capacidades sensoriales las únicas que podrían dejar huella en nuestra mente, sin necesidad de decodificarlas: el gusto, el olfato, el sonido y el tacto, pero también el dolor, podrían abrir camino en nuestra mente “muda”. Eso sí, cualquier intento de conectar dichas sensaciones a alguna vivencia, experiencia o reflexión llevaría consigo, nuevamente, el uso del lenguaje como herramienta para el pensamiento simbólico.


Por tanto, a parte de ser necesarias para la abstracción mental, las palabras son indispensables para la elaborar planes de acción. Sin ellas, no podríamos hacer las relacionas necesarias para planificar una acción, por sencillas que éstas fueran. De hecho, en el proceso de evolución de los hominidos, las acciones más “primitivas” como la utilización de las herramientas, los métodos de colecta y caza o la comunicación con otros seres ya debieron tener relación con la capacidad cerebral de articular un lenguaje, por lo que las conductas más modernas son fruto de esa habilidad mental. Ni que decir, la transmisión de esos planes de acciones, de la simbología y de la cultura que se esconde tras cada uno de ellos, sería imposible si no hubiésemos desarrollado el lenguaje. Sin él, y tampoco sin la autoconsciencia y el pensamiento simbólico, no habría existido evolución cultural.

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